La labor de un maestro o maestra implica un nivel de dedicación único. Las demandas del día a día no se limitan al dictado de clases ni a las horas preparándolas. Hoy, debido a la pandemia, las aulas continúan cerradas pero el trabajo de los docentes ha aumentado considerablemente, aunque alumnos y padres de familia no puedan notarlo.
Además de las clases virtuales, y muchas veces fuera de su horario laboral, los docentes resuelven dudas de alumnos y padres de familia, reciben capacitaciones para mejorar sus competencias para la educación a distancia y buscan información o actividades para ofrecer una mejor experiencia educativa a sus estudiantes. Todo este trabajo, sumado al estrés e incertidumbre que todos venimos enfrentando durante esta pandemia, puede impactar notablemente en su bienestar.
De acuerdo al Ministerio de Educación, usualmente son tres los principales problemas que aquejan la salud mental de los docentes. Todos ellos, obviamente, se ven agudizados debido a la emergencia sanitaria que pasamos a nivel mundial.
- Estrés: se trata de una serie de respuestas fisiológicas y psicológicas que se activan frente a situaciones que consideramos difíciles de manejar.
- Ansiedad: consiste en una intensa sensación de intranquilidad, preocupación y miedo que se genera frente a estímulos percibidos como riesgosos. Suele venir acompañada de sudoración, temblores, dificultad para respirar, entre otras.
- Depresión: se manifiesta como una permanente tristeza, ira o frustración, así como pérdida de motivación por actividades que antes podían resultar interesantes, como trabajar, dedicar tiempo a hobbies o mantener contacto con familiares y amigos.

De presentar alguno de estos cuadros, es importante que el docente acuda a consejería psicológica en la escuela o un centro de salud. Es comprensible experimentar este tipo de problemas ante el estrés, carga laboral y emocional por la que vienen atravesando los docentes. Para saber si es necesario buscar ayuda profesional, el profesor debe estar atento a los signos de alarma que preceden estos males.
- A nivel físico. Puede experimentar cansancio y poca energía la mayor parte del tiempo; dolores de cabeza o musculares, agitación intensa, no proporcional a la situación que la genera. También puede darse un aumento o disminución del sueño o apetito de manera súbita y sin explicación.
- A nivel emocional. Esto puede verse reflejado incluso durante las clases y en la interacción con los alumnos. El docente puede experimentar irritabilidad, tristeza, miedo o frustración con mayor frecuencia o intensidad. También es preocupante si tiene una sensación de agotamiento emocional constante y desea distanciarse -incluso de manera virtual- de compañeros, amigos y colegas. Es posible que incluso experimente dificultades para reconocer y expresar sus propias emociones.
- A nivel laboral. Otra señal de alerta se da si existe falta de motivación por el trabajo, la percepción de una alta demanda laboral, insatisfacción respecto a las funciones realizadas y una disminución notable en su rendimiento.
Lamentablemente, el estrés laboral no es algo nuevo para el docente. Los maestros tienen una tendencia a sufrir el burnout, que se define como el estado de agotamiento que sufre una persona en respuesta al estrés crónico laboral. Los maestros están propensos a este tipo de cansancio físico, mental y emocional, lo cual llega a afectar la misión educativa.
Los docentes son también parte de la primera línea de defensa contra el COVID-19. Durante estos meses tan difíciles, han sido responsables de hacer llegar la educación a las casas de niños y jóvenes -también estresados e incluso temerosos- que se han ido adaptando a la nueva normalidad. Por esto, los maestros y maestras no solo merecen todo nuestro respeto y admiración, sino también el apoyo laboral y emocional que necesitan para seguir cumpliendo su trabajo a cabalidad. Dárselos debería ser una obligación no solo de su centro de labores sino también de los padres de familia. Respetemos su labor y ayudémoslos a formar el futuro de nuestro país.

